El mundo despierta hoy de una pesadilla y al temor de vivir una más

La humanidad despierta hoy de una de las cíclicas pesadillas que vive desde hace siglos, cuando Obama, el Premio Nobel de la Paz que hizo la guerra deje la Casa blanca y Donald Trump la ocupe, enfrentada al temor, estimulado por los medios, de vivir otro, quizá más horrible de esos sueños que los Césares yanquis hacen realidad,
Solo el Presidente Nicolás Maduro, acostumbrado como está, a ser blanco de las campañas de calumnias, odio y mentiras de la prensa capitalista y mercenaria, ha asumido la sabia posición como lo hizo Aristóteles, al decir que “El Ignorante afirma; el Sabio duda y reflexiona, y también Alessandro Manzoni, quien aconsejó que “Es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error.”
Y el mandatario venezolano, consecuente con esos sabios principios, al comparar al recién electo mandatario con el presidente saliente, quien deja un legado de violencia, destrucción y muerte durante su mandato de ocho años, ha dicho: “Quiero ser prudente. No será peor que Obama, es lo único que me arriesgaría a decir.”
Y es que Obama fue como los demás mandatarios yanquis que desde el mismo nacimiento de la nación norteamericana desataron guerras de conquista, primero contra los pueblos originarios, a los que exterminaron y luego contra los de América Latina y el Caribe y finalmente contra los del resto del mundo en el marco de su hegemónico proyecto de dominación planetaria.
Fue ese sueño de conquista y ambición de poder que tuvo Thomas Jefferson en 1786, cuando los pueblos de la Patria Grande aún no se había liberado del imperio español, quien desde París, siendo embajador de EEUU en Francia, en carta a un amigo le escribió diciéndole que “solo se esperaba el momento para arrebatárselos pedazo a pedazo.”
O ese sueño de dominación y superioridad racial que tuvo William H: Taft en 1912, después de haber invadido a Nicaragua, quien manifestó que:
“No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho como, en virtud de nuestra superioridad racial ya es nuestro moralmente.”
O quizás la confesión hecha por el drogadicto y beodo George W. Bush exclamando que “Dios le ordenó invadir a Irak”, lo que llevó a José Saramago a preguntarse:
“¿Me pregunto: cómo y por qué EEUU, un país en todo tan grande, ha tenido tantas veces, tan pequeños presidentes.?
El Premio Nobel de Literatura, no se refería a su tamaño físico, generalmente alto, sino a su estatura moral y ética, cuando se refirió la de Bush Jr. a quien describió diciendo:
“George W. es quizá el más pequeño de todos. Inteligencia mediocre, ignorancia abisal, expresión verbal confusa y permanentemente atraído por la irresistible tentación al disparate. Este hombre se presenta ante la humanidad con la pose grotesca de un cowboy que hubiera heredado el mundo y lo confundiera con una manada de ganado.”
Saramago no habló de Obama, pues falleció pocos meses antes de que este asumiera la Presidencia, por lo que no llegó a conocer de los crímenes de guerra y genocidios que cometió durante sus dos mandatos, el último, más sangriento que el primero , lo que lo ubica de acuerdo con la descripción hecha por el pensador portugués entre los moralmente más diminutos presidentes yanquis.
Porque Obama, a pesar de poseer el don de la inteligencia, que con él perdió todo su valor, pues como Bolívar dijo: “el talento sin probidad es un azote” y hablar el lenguaje de un intelectual, superó en inhumanidad a su predecesor enviando a las guerras que heredó de este y demás aventuras bélicas que desató por el mundo, más tropas y armas que asesinaron a millones de inocentes.
Porque además de haber desatado tantas aventuras bélicas causantes de tanta violencia, destrucción muerte, su hipocresía y cinismo no tuvieron límites como lo comprobó al manifestar que:
“Tenemos el ejército más fuerte del mundo y ocasionalmente tenemos que torcer a los países que no quieren hacer lo que queremos que hagan. Si fallan otros mecanismos de presión como económicos, diplomáticos, y a veces militares, y a decretar que “Venezuela es una amenaza extraordinaria e inusual para la seguridad nacional de EEUU y su política exterior.”
Lo confesó sin desparpajo, descaradamente, consciente como profesional del Derecho que es que al hacerlo violaba leyes y tratados internacionales, aquel hombre sobre quien una humanidad asolada por las guerras imperiales depositó sus esperanzas de paz cuando al asumir la presidencia, dirigiéndose a los habitantes de los países pobres dijo:
“Nos comprometemos a trabajar a vuestro lado, para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas.
Palabras huecas fueron aquellas palabras que salieron de sus labios, ya que en vez de hacer producir los campos de esas naciones, lo que hizo fue bombardearlo s destruyendo sus cosechas y en vez de hacer fluir límpidas aguas, hizo correr ríos de sangre.
Falsa fue también la promesa que hizo al decir que “No podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras ni podemos consumir los recursos naturales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.”
Pura hipocresía, pues nada cambió en el mundo, todo lo contrario, ya que las guerras, embargos, leyes y demás sanciones que aprobó contra muchos de esos países lo que hicieron fue aumentar el hambre, la pobreza y otras plagas sociales en los pueblos afectados por esas aberraciones jurídicas violatorias del Derecho internacional
Con sus aventuras bélicas, Obama asesinó a millones de hombres, mujeres, niños y ancianos bombardeando en pueblos y ciudades, hospitales, templos viviendas donde se celebran bodas y otros actos sociales, crímenes de lesa humanidad que con el cinismo de los militares yanquis que es igual al del mandatario yanqui, califican como “daños colaterales.”
Imposible describir la crueldad de los bombardeos de la fuerza aérea estadounidense ordenados de Obama, ya que no es solo la muerte que causan, sino el horrible sufrimiento de las víctimas, calcinadas por el fuego del fósforo blanco impregnado en las bombas y misiles que lanzan y la muerte lenta de los sobrevivientes producido por el uranio empobrecido que también las cubre.
Y lo que es aún más brutal y cruel: el padecimiento de las jóvenes madres que dieron a luz miles de niños con horribles malformaciones congénitas tras haber estado expuestas a la letal radiación de ese elemento químico, tragedia que llevó a miles de jóvenes mujeres de los países donde se lanzaron esos mortíferos artefactos, a negarse a salir embarazadas.
Una información de la agencia noticiosa Russia Today, -RT- publicada esta semana, reseña el intento de describirlo hecho a través de un Informe por el Consejo de Relaciones Exteriores, organización estadounidense especializada en política exterior, el cual revela que:
“En el último año del gobierno del Presidente Barack Obama, quien ganó el Premio Nobel de la Paz en 2009, EEUU ha lanzado 26.171 bombas en siete países, 3.027 más que en 2015, además de haber extendido sus ataques aéreos en Libia en el marco de su cuestionada lucha contra la organización terrorista Estado Islámico.”
“Sin embargo, la organización advierte que estos datos son oficiales y es “muy probable” que en esas cifras no se hayan tomado en cuenta los bombardeos realizados en “misiones secretas.”
“Los países donde fueron lanzadas las bombas son: Siria, Irak, Afganistán, Libia, Yemen, Somalia y Pakistán. Las dos primeras naciones fueron blanco de la gran mayoría de los bombardeos.
Indignación provoca en el mundo ver las ruinas a que fueron reducidos esos pueblos y ciudades donde antes bullía la vida y alegría entre sus habitantes, millones de ellos hoy muertos, mutilados y desaparecidos víctimas de las guerras imperiales y de ver también como mies más han muerto en el mar huyendo de la muerte en frágiles embarcaciones que naufragan fácilmente.
Un mundo que se rebela contra la crueldad e indiferencia con que la mayoría de gobernantes europeos, cómplices de EEUU, en las guerras que provocaron esa tragedia humana, rechazan a los refugiados que sobreviven y llegan a las puertas de sus fronteras buscando rehacer sus vidas, destrozadas por su ambición y codicia.
Y para agravar sus males, causados por Obama y sus socios europeos, sufren los rigores del crudo invierno con sus nevadas y ola de frío que hoy se abate sobre Europa desde Rusia hasta Italia y España, que amenaza con matar a miles de ellos, en su mayoría niños que sobreviven en carpas sin calefacción en campos de refugiados instalados en Grecia, Turquía, Serbia y otras naciones
Y hoy, cuando Obama, el Premio Nobel de la paz que hizo la guerra todos los días de sus ocho años de mandato abandona la Casa Blanca y Trump la ocupa, el mundo despierta de otra más de las cíclicas y seculares pesadillas que desatan los Césares imperiales, enfrentado una vez más el temor de vivir una más, pero como dijo el Presidente-Obrero, en todo caso: “No será peor que Obama.”
Porque, quiéralo o no, Trump no podrá continuar la carrera de barbarie y el terror que EEUU desató desde su nacimiento hace 230 años, por ser un imperio en decadencia, condenado a su inexorable muerte por culpa de codiciosos y ambiciosos gobernantes como Obama, quien este viernes parte a reunirse con el resto de ellos en el basurero de la historia.

20/01/2017 - 08:27 am