Otilio Galíndez: maestro de la música, orgullo yaracuyano

San Felipe, 13 Dic. AVN.- Hablar del maestro Otilio Galíndez es adentrarse en lo más profundo de la cultura musical venezolana y recordar una cantidad de letras y canciones que definen la idiosincrasia de nuestro pueblo.

En sus temas predominaron las canciones navideñas, aguinaldos y parrandas, pero también compuso obras en otros a ritmos como vals, bambuco, galerón, pasaje, canción de cuna, tonadas, merengue, joropo y el danzón.

Sus canciones han sido interpretadas por reconocidas figuras de Venezuela, como Simón Díaz, Lilia Vera, Soledad Bravo, Morella Muñoz, Jesús Sevillano, El Cuarteto, Ensamble Gurrufío, Biella da Costa, Esperanza Márquez, Cecilia Todd e Ilan Chester, así como la mayoría de las corales del país, y cantores internacionales como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Mercedes Sosa.

Entre su amplio repertorio destacan Luna Dicembrina, Pascua donde no se nombre al Mesías, El Poncho Andino (inspirado en uno de sus viajes por nuestros páramos andinos), Caramba, La Restinga, Pueblos Tristes, Mi tripón, Ahora, Flor de mayo, Perlitas madrugadoras y Son chispitas.

En sus letras se refería al rocío como "perlitas madrugadoras" y al brillo en los ojos de una mujer como "chispitas", con lo que denotaba la belleza pura y simple de lo cotidiano y lo grande de sus versos.

Galíndez nació el 13 de diciembre de 1935 en la ciudad de Yaritagua, municipio Peña de Yaracuy, donde, desde niño evidenció su amor por la música.

La naturaleza campestre de su tierra natal y el amor a su madre y a sus hermanos Eugenia, Mercedes y Jesús (Chucho) forjaron a un gran músico y poeta, un amigo fiel, un hijo entregado, un padre dedicado y a un eterno enamorado de la patria.

Él solía decir que su primera inspiración fue su madre, a quien siempre consideró su eterna novia: “Las canciones que mi mamá cantaba tienen una gran categoría, un buen gusto, son exquisitas... yo no sabía que en realidad mi mamá me estaba dando una clase de estética, además del placer de la música diaria".

La naturaleza que lo rodeaba en su querida Yaritagua también fue centro de inspiración en sus canciones y poemas: “Vino otra mujer hermosa, tan hermosa como mi madre, fue la madre naturaleza: los ríos, los montes, los campos, la gente, los árboles, las matas, las flores, todo eso que ayudó a mi mamá cuando estaba pequeña también me ayudó a mi(...) Eso es lo primero que a uno lo asombra y que uno ama, la madre y la naturaleza".

Con apenas ocho años fue llevado a Caracas, donde acrecentó en él su amor por la naturaleza que extrañaba de su pueblo natal. En esta ciudad trabajó, con sus hermanos, como limpiabotas y vendedor de billetes de lotería.

A los 18 años cumplió el Servicio Militar y compuso sus primeras obras, que luego descarta, por considerar que no tenían fuerza poética ni melódica. A los 20 años empezó a poner en práctica su capacidad de invención, y comenzó a escribir temas con letra y música de su propia cosecha.

Una vida entregada a la música

En 1957 ingresó como empleado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde realizó diversos oficios como obrero y formó parte del Orfeón Universitario, como cuenta con gran humor el profesor Miguel Delgado Estévez: “En realidad nunca fue bedel de la Universidad, pero esa conseja era parte de su leyenda. Formó parte del Orfeón Universitario de la UCV, donde cultivó demasiadas amistades”.

Gran parte de su actividad laboral transcurrió en el Núcleo Universitario de la UCV en Maracay, Aragua, donde conformó un grupo coral para interpretar sus canciones navideñas, al que denominó "El Parrandón Universitario", con el que realizó presentaciones no sólo en ese estado, sino también en varios lugares del país.

Desde su casa de Maracay cantó al amor mientras escribía esos versos inolvidables que que recorren los más humildes rincones de la patria. Para muchos él supo interpretar lo sublime que puede ser el cantar de un pájaro, el crecer de una planta, el atardecer o la mirada de una mujer.

Otilio fue homenajeado innumerables veces por instituciones públicas y privadas y el Gobierno revolucionario reconoció su trabajo con el Premio Nacional de Cultura, en 2001. Sin embargo, por su gran desprendimiento y humildad, comentó en reiteradas oportunidades, que el mayor homenaje a su esfuerzo fue la cantidad de veces que sus canciones fueron grabadas y el reconocimiento íntimo de la labor cumplida.

Este gran cantautor falleció a sus 73 años, luego de sufrir durante varios años de diabetes e hipertensión arterial. Le tocó abandonar este mundo, mientras dormía, la noche del sábado 13 de junio de 2009, para trascender a otras esferas desde donde sus canciones y versos se eternizan para toda una nación.

Su legado

Galíndez es referencia obligada en Yaracuy y en toda Venezuela para quienes hacen música. Sus canciones forman parte del repertorio necesario de aprendizaje en escuelas de música y orfeones, y van más allá, al sentimiento y memoria colectiva del pueblo.

Juan Carlos Rodríguez, cultor popular y ejecutor del cuatro, oriundo de la población de Guama, municipio Sucre de Yaracuy, refiere que desde niño escucha las tonadas del maestro Galíndez, que lo motivaron a aprender música y a seguir sus pasos.

Cuando escuchó las canciones del maestro se despiertan en mí las musas y la poesía y comienzo a entonarlas en mi cuatro para deleitar mi espíritu y para tratar de acercarme cada vez más a lo maravillosos que el interpretó en sus obras. Ese una gran guía que ha marcado mi crecimiento como músico y como persona”, refiere el joven interprete.

Menciona que lo subliminal de las letras de Galíndez está precisamente en la sencillez como presenta la cotidianidad y en la profundidad de su versos. “Todas sus canciones tiene amor y espíritu, con un lenguaje sencillo que llega al corazón”, subrayó Rodrígez.

Para Dolores Aguirre, del municipio San Felipe, las canciones que ha escuchado del maestro Otilio le han parecido “tan venezolanas, tan nuestras”, que por ello han calado tan bien en el gusto popular y en toda Latinoamérica.

Sus canciones son muy hermosas y describen situaciones y realidades nuestras, de una forma tan simple, pero a la vez tan extraordinaria, que uno queda como pensando más allá de la letra, como cuando dice en uno de sus tantos hermosos versos ´Caramba, mi amor, caramba, lo bello que hubiera sido si tanto como te quise así me hubieras querido´. ¿Cómo no suspirar al escuchar algo así?”, comentó.