Caracas, 08 May. AVN.- En la cima de los Altos de Pipe, en el estado Miranda, el 1 de diciembre de 1960 se marcó un hito en la historia científica de América Latina. Ese día, el presidente Rómulo Betancourt inauguró formalmente el Reactor Experimental RV-1, convirtiendo a Venezuela en el primer país de la región en contar con una instalación nuclear de investigación operativa.
El proyecto, iniciado bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y culminado en democracia, fue concebido como el motor de un ambicioso programa de desarrollo tecnológico nacional.
El RV-1 fue un reactor tipo piscina, diseñado y construido por la empresa General Electric, con una potencia inicial de 3 megavatios. Su destino principal no fue la generación eléctrica, sino la investigación pura y aplicada en los campos de la física de neutrones, la química nuclear y la producción de radioisótopos.
Durante décadas, este complejo fue el corazón del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), sirviendo como centro de formación para generaciones de físicos y radiólogos que posicionaron al país en la vanguardia del conocimiento atómico civil.
Los aportes del reactor a la ciencia venezolana fueron tangibles y diversos. En el ámbito de la salud, el RV-1 permitió la producción local de radioisótopos esenciales para el diagnóstico y tratamiento del cáncer, reduciendo la dependencia de importaciones costosas.
En la industria, se utilizó para la esterilización de suministros médicos y el análisis de materiales mediante activación neutrónica, una técnica que permitió estudiar la composición de suelos y minerales estratégicos de la geografía nacional sin destruir las muestras.
Sin embargo, el ciclo de esta instalación llegó a su fin tras años de inactividad técnica y cambios en las políticas energéticas. Recientemente, el Ejecutivo nacional y las autoridades del IVIC anunciaron el retiro definitivo y el inicio del proceso de desmantelamiento del reactor.
La medida responde a la obsolescencia tecnológica de los componentes originales y a la imposibilidad de garantizar los estándares internacionales de seguridad exigidos por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) bajo las condiciones actuales de mantenimiento.
Con este cierre, Venezuela clausura un capítulo de su infraestructura científica para dar paso a la gestión de desechos radiactivos y la posible reconversión del espacio en laboratorios de nuevas tecnologías.
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