Por: Rt. Revd. Gabriel Henríquez
I. Una patria herida y amenazada
A inicios del siglo XX, nuestra joven república vivía horas de fuego y desvelo. El gobierno de Cipriano Castro, con todos sus claroscuros, debió enfrentar el asedio de las potencias imperiales de Europa Alemania, Inglaterra, Italia que, en 1902, impusieron un bloqueo naval para forzar el cobro de deudas y afirmar su dominio sobre estas tierras a fin de hacerse de nuestras riquezas. Aquellos buques de guerra que cercaban nuestras costas no sólo traían cañones; traían el eco de siglos de dominación colonial y de un “derecho de conquista” que pretendía erigirse en ley sobre las naciones débiles.
Fue en este ambiente de amenazas y tensiones cuando el clarín de la patria clamó a sus hijos. La Milicia Nacional, cuerpo de ciudadanos convocados a la defensa del suelo venezolano, se convirtió en signo de resistencia y de dignidad. No era un ejército profesional: era el pueblo mismo, revestido de la obligación moral de custodiar la libertad y la independencia heredada de nuestros héroes.
II. José Gregorio Hernández: ciencia, fe y coraje cívico
En ese escenario aparece la figura luminosa del Dr. José Gregorio Hernández, a quien la Iglesia universal reconoce como Bienaventurado, y a quien nosotros, anglicanos, veneramos como modelo de fe vivida, de ciencia al servicio del prójimo y de caridad encarnada.
Hijo de Isnotú, médico formado en París, pionero de la docencia científica en nuestra tierra, José Gregorio unió en su vida la oración constante y el estudio riguroso. Sus manos, habituadas a la delicadeza de la investigación y al cuidado de los enfermos, supieron también responder cuando la patria exigía defensa.
Se cuenta —y la memoria popular lo guarda como un tesoro— que ante el peligro del bloqueo y la posibilidad de invasión, el joven médico no se refugió en la comodidad de su consultorio. Se sumó a la Milicia Nacional, no por sed de guerra, sino por amor a la soberanía. Fue médico de campaña, hermano y compañero de quienes portaban armas; curó heridas, alivió fiebres, confortó corazones temerosos. Su sola presencia recordaba a todos que la defensa de la patria no se opone a la mansedumbre cristiana: es, cuando la justicia lo exige, una de sus expresiones más sublimes. José Gregorio demostró que la santidad no se aísla en el templo. La santidad pisa el polvo de la historia, y allí donde la dignidad humana es amenazada, allí debe hacerse visible.
III. Lección para los Cristianos de hoy
Como obispo de la Iglesia Anglicana Venezolana, contemplo en el Dr. José Gregorio Hernández un espejo de nuestra propia vocación:
• Santidad con obras palpables: su fe se encarnó en la ciencia, en el cuidado de los pobres, en el compromiso ciudadano.
• Patriotismo como deber moral: la defensa de la nación frente a potencias extranjeras no fue en él nacionalismo ciego, sino acto de justicia, de amor al don de Dios que es la patria.
• Discernimiento ante los falsos discursos de “ayuda”: su ejemplo nos cuestiona hoy, cuando algunos aún invocando el nombre de Dios piden sanciones e invasiones que sólo agravan el sufrimiento de los más débiles.
Miro con dolor las noticias que llegan de la Palestina de Jesús, donde un “amor imperial” se disfraza de ayuda mientras siembra destrucción. José Gregorio Hernández nos recuerda que la verdadera fe nunca se presta a justificar violencia imperial ni castigos colectivos. Dios no se hace propiedad de ningún poder que oprima; Dios se revela en la compasión y en la defensa de la vida.
IV. Una voz que interpela a las generaciones
Hermanos y hermanas:
Este Santo venezolano (canonizado desde el momento de su cambio de paisaje en los altares del pueblo pobre) nos enseña que creer no es huir de la historia, sino comprometerse con ella. Nos invita a rechazar tanto el fanatismo religioso que quiere monopolizar a Dios y a los santos, como la indiferencia que se lava las manos ante el dolor de los pueblos.
Su vida desafía a quienes, en nombre de supuestas libertades, llaman a sancionar y someter naciones enteras. Y a la vez anima a quienes hoy sienten que la fe es un simple asunto de oración privada o repeticiones vanas: la fe verdadera se hace visible en la defensa de la justicia y de la soberanía de nuestra patria Bolivariana.
V. Unas palabras para la Gente De Dios.
Que el ejemplo del Dr. José Gregorio Hernández médico, científico, cristiano de profunda oración y miliciano en la hora de la prueba, ilumine a esta generación de venezolanos y de todos los pueblos que anhelan vivir en paz con dignidad.
Que su memoria nos recuerde que la santidad es inseparable de la responsabilidad cívica, que la ciencia puede ser instrumento de caridad, y que la defensa de la patria es, en tiempos de amenaza y conmoción, un acto de amor a Dios y al prójimo.
En este tiempo en que algunos se creen dueños de Dios y promueven castigos a los pueblos, levantemos la voz del Dr. José Gregorio: la fe que sana y libera nunca se rinde ante la soberbia imperial, sino que defiende la vida con esperanza y mansedumbre, sin duda alguna el Médico de los pobres fue, es y será para siempre Gente De Dios.
Rt. Revd. Gabriel Henríquez ✠
Obispo y Vicario General de la iglesia Anglicana del Caribe y la Nueva Granada en Venezuela








